Shinra Caelum Ignis

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Crónicas del Sol Carmesí
Parte I

Bajo el Sol Carmesí

Shinra Caelum Ignis nació en una pequeña comunidad escondida entre montañas, lejos de las grandes ciudades y de las rutas utilizadas por comerciantes y aventureros.

Allí vivía la familia Ignis.

No eran nobles. Tampoco grandes héroes. Eran una antigua familia de guerreros que había mantenido durante generaciones una tradición conocida como el Camino del Sol Carmesí.

Para los Ignis, una espada no representaba poder. Representaba responsabilidad.

01

Desde pequeño, Shinra fue educado bajo esas enseñanzas. Aprendió a cuidar una espada mucho antes de tener permitido blandir una.

También aprendió a reconocer huellas en la nieve, encender una fogata bajo la lluvia y permanecer inmóvil durante horas mientras su maestro corregía hasta el más mínimo error en su postura.

Pero Shinra tenía un problema.

Era impaciente.

Mientras otros practicaban el mismo movimiento cien veces, él quería saber qué ocurriría si cambiaba el ángulo.

02

Si le enseñaban una postura defensiva, preguntaba cómo podía convertirla en un ataque.

Y cuando le decían que algo era imposible, era exactamente cuando más ganas tenía de intentarlo.

Su curiosidad constantemente lo metía en problemas, especialmente cuando comenzó a interesarse por algo que su familia apenas comprendía:

la magia.

Shinra descubrió que podía sentirla. Al principio fueron cosas insignificantes: una vela cuya llama crecía cuando acercaba la mano, una pequeña chispa recorriendo sus dedos o el calor de una fogata inclinándose ligeramente hacia él.

03

Los ancianos lo consideraron una simple afinidad arcana. Su padre, en cambio, comenzó a preocuparse.

Porque existía una vieja historia dentro de la familia Ignis. Una que ya casi nadie creía.

Decía que, generaciones atrás, uno de sus antepasados había intentado unir las técnicas del Sol Carmesí con las artes arcanas.

El resultado había sido tan peligroso que todo registro sobre aquella técnica fue destruido.

O al menos... eso era lo que todos pensaban.

04

Cuando Shinra cumplió la edad suficiente para recibir su primera espada, su padre no le entregó una katana.

Le entregó una pequeña caja de madera negra.

Dentro había un par de aretes de madera oscura, cada uno grabado con la figura de un sol carmesí.

—¿Y mi espada?

Su padre soltó una pequeña risa.

—Sabía que preguntarías eso.

Tomó uno de los aretes y se lo mostró.

05

—Una espada puede romperse. Puede perderse. Incluso pueden arrebatártela.

Luego colocó el arete nuevamente en la caja.

—Pero mientras recuerdes quién eres, siempre podrás volver a levantar otra.

Shinra no entendió completamente aquellas palabras. Aun así, comenzó a llevar los aretes todos los días.

Pasaron los años. Su entrenamiento se volvió más exigente. Su habilidad con la espada aumentó. Y aquellas pequeñas manifestaciones mágicas también.

06

Hasta que una noche... todo cambió.

Shinra despertó por el olor a humo.

Abrió los ojos. Durante unos segundos permaneció acostado, confundido.

Entonces escuchó un grito afuera.

Se levantó. Otro grito. Después, acero chocando contra acero.

—¿Padre?

Nadie respondió.

Al salir encontró uno de los edificios cercanos completamente envuelto en llamas.

07

Personas corrían entre las casas. Guerreros desconocidos habían entrado en la comunidad.

Shinra buscó desesperadamente a su familia entre el caos hasta que una mano lo sujetó del hombro.

Era su padre.

Tenía sangre sobre la ropa.

—Escúchame.

—¿Qué está pasando?

—Shinra, escúchame.

Su padre colocó una katana entre sus manos.

Por primera vez... una espada real.

08

—Ve hacia las montañas.

—¿Qué?

—Corre.

Shinra miró hacia las casas.

—¡Pero puedo ayudar!

Intentó avanzar. Su padre lo detuvo.

—Todavía no.

Aquellas dos palabras le dolieron más que cualquier golpe recibido durante sus entrenamientos.

Todavía no.

09

Shinra apretó la katana. Quería quedarse. Quería demostrar que estaba preparado.

Entonces vio algo detrás de su padre.

Entre el humo había una figura observándolos. En su armadura llevaba grabado un símbolo que Shinra jamás había visto.

Pero aquella persona no estaba mirando a su padre.

Lo estaba mirando a él.

Más específicamente... a sus aretes.

La expresión del desconocido cambió inmediatamente.

—Ahí está.

10

Shinra sintió un escalofrío. Su padre también lo escuchó.

Y en ese momento Shinra comprendió algo.

Aquellos hombres no habían llegado por casualidad.

Estaban buscando algo.

Su padre desenvainó su espada.

—¡CORRE!

Esta vez Shinra obedeció. Corrió hacia el bosque mientras detrás de él comenzaba nuevamente el sonido del acero.

No miró atrás.

11

No cuando escuchó los gritos. No cuando las llamas iluminaron completamente el cielo.

Ni siquiera cuando escuchó una explosión que hizo temblar la montaña.

Continuó corriendo hasta que sus piernas dejaron de responder.

Cuando finalmente cayó al suelo, el amanecer comenzaba a aparecer entre los árboles.

Shinra permaneció allí durante varios minutos, cubierto de tierra, con una katana que todavía no sentía como suya entre las manos.

12

Finalmente levantó la mirada.

A través de las montañas podía verse una enorme columna de humo negro elevándose desde el lugar que había llamado hogar toda su vida.

Shinra llevó una mano hasta uno de sus aretes.

Por primera vez recordó exactamente las palabras de su padre:

“Mientras recuerdes quién eres,
siempre podrás volver a levantar otra.”

Pero ahora tenía otra pregunta. Una que lo acompañaría durante años.

13

¿Por qué aquellos hombres reconocieron el símbolo del Sol Carmesí?

Y, sobre todo...

¿por qué estaban buscando a Shinra?

14
Continuará...